sábado, 21 de marzo de 2026

El Testigo de Plata

Junio en las escalinatas de la facultad siempre huele a frío y a tabaco rancio. Salgo a fumar un cigarrillo después de cerrar la última acta de exámenes del turno noche. Busco en el bolsillo de mi sobretodo y siento el peso familiar del Zippo de plata. Tiene grabada la palabra “Confía”, un relieve casi liso por el roce de mis dedos después de tantos años entre aulas y tribunales. Este encendedor no era mío. Recuerdo una noche tan helada como esta, hace décadas. Yo intentaba estudiar, enterrado en la biblioteca, tratando de memorizar un tratado de Derecho Civil que me doblaba la voluntad. El secundario había sido un juego; esto, en cambio, era una pared de piedra. Tenía las manos húmedas y la certeza de que, si no aprobaba, mi carrera terminaba esa misma noche. Estaba justificando mi deserción antes de empezarla. No escuché pasos. Solo sentí la silla de enfrente ceder bajo un peso nuevo. No levanté la vista. Entonces, una voz ronca, cortó el silencio: —No le des tanto peso a los códigos. Escuché el chasquido metálico, inconfundible, de un Zippo al abrirse. No contesté. Estaba demasiado ocupado naufragando en definiciones que no se me grababan. —No tengas miedo —siguió la voz—. Las leyes son solo herramientas. Lo que importa es el hombre que las usa. Sentí un golpe seco sobre la madera. Cuando levanté la vista, el hombre ya no estaba. El encendedor de plata brillaba bajo la luz amarillenta de la lámpara. Quise devolverlo, pero en el pasillo solo encontré sombras. Fui hasta el mostrador de entrada. El bibliotecario ni siquiera levantó la vista de su registro. —Pibe, por acá no pasó nadie —me dijo con una neutralidad que me heló la sangre—. Estás solo en esa sala. Volví a mi lugar. Me quedé observando el grabado desgastado en el metal y volví a los libros. Desde entonces, el Zippo fue mi amuleto. Un recordatorio físico de esas palabras justas en el momento previo al colapso. Apago el cigarrillo y entro a la biblioteca. El aroma a papel acidificado no ha cambiado; parece que aquí el tiempo se estanca entre las luces tenues y los estantes de madera oscura. Veo a un joven solo al fondo. Tiene el pelo revuelto, los ojos vidriosos y un ligero temblor en las manos. Está a punto de sucumbir. Me acerco y me siento frente a él, sin pedir permiso. El joven no levanta la vista, perdido en su manual. Saco el Zippo. Lo hago restallar —el sonido es un disparo de nostalgia en el vacío de la sala— y lo apoyo sobre la mesa. Las palabras salen de mi boca sin que yo las piense, como si las hubiera estado guardando cuarenta años para este momento: —No deberías darles tanto peso a los códigos. No tengas miedo. Las leyes son solo herramientas; lo que importa es el hombre que las usa. El chico se sobresalta. Sus ojos buscan una explicación en mi cara. Me quedo un momento mirándolo. Noto un tic en su párpado izquierdo, un gesto que reconozco demasiado bien. O quizás es solo que todos los estudiantes desesperados terminan pareciéndose. —Confía —le susurro, señalando el grabado. Me alejo por el pasillo de la biblioteca con una sensación de extraña perplejidad. Salgo a la calle, busco en mi bolsillo por puro hábito y encuentro el vacío. Sonrío y sigo caminando. Ya no necesito fuego.

Avenida

El asfalto todavía desprende el calor del día, o quizás es solo mi cabeza la que arde. Salí de la oficina con el sabor amargo de una jornada perdida, de esas que te muelen el ánimo. Caminé dos cuadras sin rumbo fijo, buscando algo de comer, pero lo único que mastico es el eco de la discusión de anoche. El silencio glacial de mi mujer en la cocina, el portazo, y ese error que ahora me quema: mi hija llorando en su cuarto y yo apagándole la luz sin un beso, sin un 'te amo'. La castigué por mi propia incapacidad de gestionar un enojo del que ella terminó siendo, injustamente, el daño colateral. Qué tonto se siente uno cuando el orgullo se enfría. Estoy por cruzar la avenida cuando, justo a mis espaldas, el aire se desgarra. El chillido de unos neumáticos contra el pavimento es un tajo seco, violento. Un estruendo de metal contra algo más blando, seguido de un silencio de muerte que dura apenas un segundo antes de que estalle el caos. —¡Llamen a una ambulancia! —grita alguien a pocos metros. Se me estremece el cuerpo. Siento un frío súbito que me recorre la nuca, pero no quiero voltear. No soy de los que se quedan a mirar la tragedia ajena, y hoy ya tengo suficiente con mi propio desastre. Sigo caminando un par de pasos, pero las piernas me pesan como si estuviera hundido en el barro. Me estremece pensar en lo cercano que se escuchó el sonido de la frenada, juraría haber sentido el viento del impacto en los talones. Detengo el paso antes de subir a la vereda, mientras el caos se desplaza hacia el centro de la avenida. Escucho el susurro de una señora que se aleja en la dirección contraria. "Pobre muchacho, es tan joven", dice con la voz quebrada por la conmoción. Me invade una culpa repentina. Pienso en mi mujer esperando en casa, todavía enojada. Pienso en mi hija durmiendo, ajena a este mundo que se rompe en una esquina cualquiera. ¿Y si el que está ahí tirado también reprendió a sus hijos anoche? ¿Y si esta mañana, igual que yo, se fue de su casa sin pedir perdón? El corazón me golpea contra las costillas. Siento la necesidad física de sacar el celular, de llamarlas ahora mismo, de decirles que voy en camino, que el enojo de anoche fue una idiotez de un hombre cansado. Busco en mis bolsillos. Nada. Ni el teléfono, ni las llaves, ni el roce del cuero de la billetera. Tengo las manos vacías y una sensación de ligereza que me aterra. El tumulto de gente ya es una masa compacta. Los autos se detuvieron y las balizas iluminan la calle con un ritmo intermitente, anaranjado y frenético. La curiosidad me gana, o quizás es ese presentimiento oscuro que no me deja seguir caminando. Me doy vuelta lentamente. Me abro paso entre los testigos que susurran con las manos en la boca. La atracción por ver es más fuerte que la voluntad de irme; hay algo magnético y terrible en la desgracia ajena que me impide dar un paso atrás. El auto negro tiene el capó hundido y el parabrisas estallado en mil astillas que brillan como diamantes bajo las luces del semáforo. Me acerco un poco más, buscando el rostro de la víctima con la secreta esperanza de confirmar que es un extraño y poder seguir mi camino. Pero me detengo en seco al ver los zapatos; los reconozco al instante. Subo la vista por el pantalón de vestir, la camisa azul que me planché esta mañana... y ahí, sobre el asfalto frío, me veo. Tengo los ojos abiertos, mirando fijamente un punto en el cielo que yo ya no puedo alcanzar, mientras el celular que creía perdido vibra en el suelo, a centímetros de mi mano inerte, con una llamada entrante de “Mi Amor” que nadie va a contestar.